Eran sin embargo

             En ese periplo infernal, lo más penoso no eran sin embargo los olores, ni el lodo, ni los excrementos: era el ruido. Un barullo ensordecedor y perpetuo, insoportable ya a primera hora de la mañana. Cada comerciante que se instalaba en la calle pregonaba su mercancía a gritos: los marineros, sus arenques y sus pescadillas; los pescadores de caña, su pesca de agua dulce; los criadores de aves, sus ocas y pavos… Vendedores de huevos, de miel, de habas o de ajos se desgañitaban para vender sus productos. Los fruteros, sus frutas, y los vinateros, su purrela a tres perras chicas la pinta. Cuanto más diferentes, variados y discordantes eran esos clamores, más sordo dejaban al indefenso viandante: algunos mercaderes ambulantes gritaban maullando, otros graznaban, había también lúgubres alaridos, gritos lastimeros, roncos rugidos, jijeos y agudos chillidos. A todos ellos se sumaban los chirridos de las ruedas de las carretas, el estrépito de los cascos de los caballos, la vocinglería de las riñas y, sobre todo, el incesante carillón de las campanas de infinidad de iglesias convocando a los fieles a todas horas.

Advertisements
This entry was posted in !Без Категории. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s