Hay ballestas de

             Se detuvo, una vez más, para recalcar las palabras siguientes con un efecto teatral:

             —¿Lo habéis oído? ¡Ningún ruido!

             Dejó transcurrir unos segundos de silencio y prosiguió muy despacio:

             —Sin embargo, una herida clara y precisa se apreció de inmediato en su espalda…

             Esta vez, Louis lo interrumpió encogiéndose de hombros:

             —Un navajazo dado por un viandante que desapareció entre la multitud… O, ¿por qué no?, un cuadrillo de ballesta.

             En el rostro de Gaston se dibujó la típica mueca desdeñosa del maestro frente a la ignorancia.

             —Entonces habríamos encontrado el cuadrillo, y no es el caso. ¡Fue una bala lo que lo mató!

             —Hay ballestas de balas. Catalina de Médicis tenía una —afirmó Louis, en absoluto desalentado por los aires de superioridad de su amigo.

             —Lo sé, lo sé. Las conozco, pero son armas de caza menor —explicó Gaston con forzada mansedumbre—, y sólo sirven para aturdir.

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